Desde pronta edad a mi madre le interesaron las flores. Tal vez esto se debió a que, cuando cumplí los ocho años nos mudamos a una zona alejada del estresante núcleo urbano, a una vivienda que lucía un amplio y soleado jardín, el cual, por aquel entonces se encontraba en desuso. Mi madre decidió, pues, decorarlo, y darle la belleza típica que la expresión de la naturaleza se merecía.
Al principio comenzó con flores pequeñas, para que a éstas le prosiguieran unas más grandes que requerían de más atención, para acabar por plantando casi todas las especies de flores que podían crecer en nuestro jardín. Para entonces había cumplido ya los dieciséis. No obstante, para nuestro asombro, jamás fue capaz de hacer crecer un cerezo y que éste floreciera aportando sus preciosas y delicadas flores rosa pálido.
Recuerdo como mi padre, tan feliz, le animaba a continuar con su labor, ya que él (biólogo de profesión) admiraba la naturaleza como el que más, y aunque mi madre fuera sólo ama de casa había adquirido ese gusto. Mi hermano pequeño no entendía ``por qué mamá pasaba tanto tiempo afuera´´, aunque estuviera lloviendo, aunque con apenas nueve años no se puede esperar mucha comprensión por su parte en estos temas tan... abstractos... pues encontrar la felicidad en los pequeños detalles es algo que todos deberíamos descubrir. Ahora, como hombre entristecido, lo reflexiono.
Pero, ¿por qué entristecido, si además de una gran familia y una buena posición social , no nos faltaba nada?
En realidad había una cosa que me faltaba, sólo a mi, pero era algo que, desgraciadamente nunca pude conseguir. Pero no se equivoquen, pues cuando me refiero a conseguir no era algo material, sino un alma libre que habitaba en una flor... una flor de cerezo.
***
Se llamaba Rebeca, y su luz era tan intensa que a cualquier hombre podía quemar con sólo verla.
La conocí con pronta edad, ya que iniciamos juntos una etapa escolar, y para mi satisfacción llegamos juntos hasta el final, cuando nuestros caminos se separaron para no volver a encontrarse nunca más.
Sí, estaba enamorado de ella. Pero no era amor cualquiera, era algo superior, como divino, inalcanzable... ¿Y lo era ella? No, claro, pero eso era porque aquellos que pudieron apreciar su presencia la desaprovecharon, y la trataron como algo que no era; una simple mujer.
Tantos vi que pasaron por ella... y ninguno la merecía. No la apreciaban, no veían el oro en su mirar.
Casi siempre estaba a su lado, ya que éramos muy amigos, los mejores. Ella me apoyaba, yo la apoyaba. No desconocíamos ninguna de nuestras penas, llorábamos juntos, reíamos juntos... Y con eso me bastaba, pues cuando veía como movía sus brillantes labios al hablar, para mí era como una canción, como una danza, el polen de las flores de mi jardín que iban a polinizar directamente a mi corazón... Rebeca era mi todo, pues todo lo veía en ella.
Cuántas noches soñaba con un sólo beso suyo, una caricia de sus pequeñas manos...
Su presencia me embelesaba.
Y os preguntaréis, ¿tan bella era que su mirar ardiente y honesto provocaba tan ardientes deseos en hombres mundanos?
Juzguen, pues para mí su belleza no residía sólo en su aspecto, sino en una fuerte personalidad, grandes valores y profundos sueños, cualidades que, desde mi punto de vista, estaban ausentes en la gran mayoría de las personas que conocía. No obstante, no la describiré físicamente, pues esto conlleva interpretaciones que pueden o no coincidir en los diversos cánones de bella, que muy subjetivos son. Me limitaré a decir que con su sola presencia me alegraba el día, y me aportaba la energía de la que a veces carecía. Era como una florecilla de cerezo, delicada, y frágil, pero imponente al mismo tiempo.
Nuestros objetivos eran los mismos. Amábamos la cultura, casi tanto como yo la amaba a ella. Ella quería estudiar una ingeniería relacionada con las nuevas tecnologías aplicadas al campo de la Biología, y yo me orienté más para ser cirujano (la impresión que me causaba la perfección humana era para mí algo sobrecogedor).
Como veis, nuestras vidas se seguían el mismo sendero de educación y conocimiento, no obstante, el destino quiso que su camino se desviara para una calle sin salida...
***
Cuando la vi tendida en la calle, emanando sangre, su sangre, y vi a aquel vehículo huir despavorido de la escena del accidente, pude ver su alma dejar su cuerpo, abandonarla.
Me levanté alzando mi mano para poder mantenerla conmigo, pero ella me sonrió y me susurró una canción al oído. Era una canción de despedida.
Comencé a llorar, a llorar de desamor pero sobre todo lloré por ella, por no haber podido cumplir sus sueños, por no haber vivido un poco más, por habernos dejado tan pronto...
Sé feliz Rebeca, ahora puedes ser todo lo que quieras. Incluso, tal vez, una solitaria flor de cerezo.

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