domingo, 22 de marzo de 2015

La Flauta y la Chica

Para comprender el motivo de este relato, recomiendo leer antes la entrada titulada ``La Vara Brillante y la Niña´´.
***
Las notas musicales sonaban melódicas en sus tímpanos... Las vibraciones del arpa se convertían en las de sus propios tímpanos, y el chasquido de los violines, en el repiqueteo de los dedos de la joven sobre el asiento delantero del autobús. Ella desconocía el arte de la música, ella nunca había podido apreciar los aplausos de regocijo tras haber escuchado una magnífica pieza interpretada por su persona, ella nunca había sentido la felicidad de poder producir las mismas melodías que tanto le entusiasmaban...
Era por la mañana temprano, la lluvia había cubierto como si de una fina manta se tratara todo el suelo de la ciudad. Los automóviles circulaban más despacio de lo que lo hacían habitualmente para impedir posibles accidentes. Las nubes, satisfechas, iban abandonando el cielo lentamente para ir dejando paso a los primeros rayos de sol, que tímidamente asomaban entre los huecos que encontraban.
Uno de estos destellos deslumbró a la chica, que parpadeó violentamente, derramando una lágrima como símbolo, no sólo de sueño sino de sorpresa, al percatarse de que ya se estaba haciendo de día.
Rebeca disfrutaba feliz de sus 15 años, a los que había llegado acompañada de libros, videojuegos y música. Desde su perspectiva adolescente, su vida era bastante aburrida. No destacaba especialmente en nada, lo que la hacía ser más tímida aún. Ella no era como su compañera, la gimnasta, que era capaz de moverse con unos movimientos gráciles y casi divinos, ni tampoco era como su amigo el escritor, que moldeaba la lengua como si fuera un alfarero literario. De hecho, ni siquiera se parecía a su compañera, la atractiva, que con una simple mirada movía a las personas de su alrededor a su antojo.
En definitiva, Rebeca sólo destacaba por una cualidad, la responsabilidad. Para ella los estudios eran como un pequeño cofre en el que iba guardando distintos valores que recogía a lo largo de su vida. El tesón, la voluntad, el aprendizaje y la sabiduría eran para ella los pilares que fundamentaban su vida. No obstante, todo esto hacía que ella se sintiese diferente, a veces demasiado, pues preferir la compañía de una buena novela a la compañía de sus repetitivas compañeras de clase no era algo que fuera considerado muy normal.
La propia joven se daba cuenta de cómo la miraban los profesores, y hablaban entre ellos. Susurraban, pretendiendo que no los viera, como si acaso no supiera que hablaban de ellos, que les preocupaba el hecho de que una de sus alumnas no hablara apenas con nadie. Pero todo aquello le daba igual a Rebeca. Desde pronta edad le habían inculcado que el tiempo de ocio le pertenecía, era otro de sus tesoros que no debía compartir con absolutamente nadie que se lo hiciera perder, y ese mensaje ella lo asimiló por completo.
De repente, el autobús frenó en seco. Rebeca se sobresaltó; la clase había llegado al lugar acordado de la excursión. Cuando todos sus compañeros hubieron abandonado el vehículo, ella se quitó los auriculares y procedió a bajar. En ese mismo momento, su profesor de arte se dirigió hacia ella:
- Hoy toca disfrutar, ¿verdad, Rebeca? - le dijo mientras pretendía esbozar una sonrisa.
Con un leve gesto de asentimiento, la chica dio a entender que si, que aquel día podría ser divertido, pero que para ella no lo iba a ser, pues se reencontraría con unos de sus anhelos infantiles.
Se trataba de ese tipo de sueños que sólo se tienen cuando se es pequeño, de aquellas aspiraciones que se tienen por encima del dinero y de las posibilidades de cumplimiento de las mismas.
Rebeca recordaba con perfecto lujo de detalles el día en el que acompañó a sus primas en busca de otro instrumento para la artista de su familia... El mismo día que vio una flauta travesera por primera vez. La propia Rebeca, unos días más tarde después de aquel suceso, se quiso autoconvencer de que aquello no había sido nada diferente a un capricho infantil, y que como una niña de 12 años que era tenía que evitar pensar en ``cosas absurdas´´, como decía su madre. Sin embargo, a sus 15 años, se había dado cuenta de que no era en absoluto un capricho infantil, sino que aquel singular brillo humilde de aquel instrumento maravilloso le había calado hondo, más incluso después de haber investigado en internet como era el sonido de una obra entera de música clásica interpretada por una flauta. Es por eso por lo que conoció la música celta, y con ella, la música irlandesa, convirtiéndose en una fiel seguidora de la misma.
Nada de aquello le gustaba recordar. Le traían amargos recuerdos de sensaciones de impotencia que no le hacían sentir bien, las mismas sensaciones que cuando su amigo el literato recibía continuos halagos sobre lo buena que era su prosa elaborada. Por todos los medios pretendía Rebeca dejar estos recuerdos atrás, pero haber aceptado ir de excursión a la academia de música de la ciudad (donde seguramente volviera a ver aquel maravilloso instrumento) no ayudaba.
No obstante, la jornada se presentó bastante apática, pues toda la clase tuvo que aguantar durante una hora una charla del director de la misma academia sobre la importancia de la música y la presencia de la misma en la sociedad, para después poder ir a ver a algunos alumnos de la escuela tocar sus instrumentos a modo de presentación.
A Rebeca le parecieron todos bastante aburridos. La guitarra, aunque tuviera un sonido dulce, le parecía demasiado grande; el violín, aunque esbelto y con un toque barroco, era muy agudo para el oído de Rebeca, acostumbrado a una música un tanto extrema; y por último, la trompeta, aunque era brillante y dorada, el sonido le ponía nerviosa. Cuando parecía que la mañana había finalizado, acudieron a una última aula donde había una bella mujer adulta y morena sentada en una sencilla silla en medio de la sala.
- Venid, tomad asiento - dijo ésta señalando otros asientos que había delante de ella - ¿A alguno de vosotros le gusta la flauta travesera?
A Rebeca se le heló la sangre. La mujer, al tener las manos apoyadas sobre su regazo, podía esconder perfectamente aquella vara brillante tan esbelta y señorial que atraía tanto a la joven.
Tomó asiento.
La mujer comenzó a tocar algunas notas, para después enlazar con una bonita canción clásica, que tenía algunas pinceladas irlandesas. Rebeca suspiró profundamente y se dejó llevar por el momento, cerrando los ojos. Cuando la música finalizó, ella abrió los ojos, pudiendo observar para su vergüenza que toda su clase la miraba, riéndose y mofándose de ella. Su profesor de arte tosió a modo de advertencia para el resto del alumnado.
- Bueno, ¿os ha gustado?
Algunos dijeron que si en voz alta, a lo que le siguió un largo aplauso.
La mujer hizo una leve inclinación con la cabeza a modo de agradecimiento.
- Ahora, para los más atrevidos; ¿a quién le gustaría que yo le enseñara a tocar un par de notas?
Rápidamente muchos niños levantaron la mano y formaron una larga fila a lo largo de la clase. Aquello para Rebeca fue como su oportunidad, una pequeña ventana que se había abierto en su nula carrera musical. Al instante, tomó su posición en la cola, pero tenía por delante lo que para ella era un sinfín de compañeros, de los cuales ninguno podría apreciar el valor de aquello que la mujer se había dispuesto a hacer.
Pasaron largos y aburridos minutos, y justo cuando sólo quedaban dos personas delante de ella, un chirriante timbre resonó en todo el edificio anunciando el final de la jornada de los alumnos de la academia y de los estudiantes del colegio de Rebeca.
- Bueno, chicos, lo lamento pero es la hora de marcharse - dijo la flautista incorporándose - Espero que os lo hayáis pasado bien en la academia.
- Dad las gracias a esta mujer tan amable, chicos.
Mientras que sus compañeros le agradecían el haber pasado un rato con ellos a la mujer, Rebeca sentía como se le amontonaban las lágrimas en los ojos.
``No... no puede ser... otra vez no...´´
Sin embargo, sus esperanzas se terminaron de venir abajo cuando la flautista tomó su maleta y se marchó del aula, dispuesta a volver a su hogar.
Nuevamente en el autobús, los mismos sentimientos de impotencia y malestar se apoderaron de ella, por haber perdido, aun sin ser su culpa, aquella oportunidad irrepetible.
Decidió pues, volver al sonido de sus auriculares, donde toda su variada música la distraerían de los hechos que no quería recordar. Era lo que llevaba haciendo, en definitiva, tres largos años de solitaria incompetencia.

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