Tarde de limpieza.
A ningún adolescente que se precie le entusiasmaría aquella perspectiva sobre cómo pasar una "entretenida jornada" con tu familia en una calurosa tarde de verano, y más a mi hermana, que en pleno bullicio hormonal, su mayor interés era salir con lo que hasta entonces consideraba sus amigas y hacerse fotos estirando los labios hasta límites peligrosos. Yo rondaba los 19, pronto entraría en el segundo año de Ingeniería Industrial y para seros sinceros, era un muchacho bastante ambicioso, en diversos ámbitos de la vida.
Al hablar de mis estudios, me gustaba hacerlo bien, es decir, para mi el 5 era una tranquilidad a la hora de ir eliminando asignaturas, pero por fortuna nunca lo sacaba. Obtenía calificaciones más altas. Las necesitaba, tanto para satisfacción personal como para poder entrar en la carrera que tanto ansiaba.
Por otra parte, en las relaciones de pareja no me conformaba con una mujer sencilla, sino que fuera algo más (intelectualmente hablando, pues los temas de belleza son algo que repercute a cada persona y varían según los gustos de cada uno). Esto es, para mi personas (o mujeres, en este caso) hechas en cadena, con aficiones y gustos banales e inteligencia carente eran dignas de sentir pena, pues, con lo amplios, maravillosos y espectaculares fenómenos que la vida nos ofrecía cada día el hecho de que se centraran en las minucias de la misma, me hacía sentir ese sentimiento que me provocaba ser reacio a entablar una conversación con ell@s.
Sin embargo, por lo demás, no esperaba grandes cosas. No al menos hasta aquella tarde, y es aquí cuando retomo el tema de la limpieza que a muchos os habrá desconcertado.
Resulta que mi padre era un empresario que había sabido aprovechar las buenas oportunidades en el momento adecuado, por lo que mi familia estaba económicamente bien situada (a pesar de que mis padres se hubieran separado años atrás y el viviera en Inglaterra) de manera que mi casa tenía habitaciones de forma exagerada, y una de ellas era la que en su día utilizó mi abuelo como despacho, años antes de su fallecimiento.
Como me había tocado limpiar aquella pieza, me recreé un poco en lo que hacía (y de paso dejaba pasar el tiempo para evitar tener que limpiar más habitaciones) hasta que tuve la genial idea de abrir (o mejor dicho, forzar) uno de los cajones del escritorio para acabar encontrándome para mi sorpresa un sobre color arena mojada que manifestaba el cruel paso de los años. Aquel documento suplicaba ser leído, de manera que no me importó acceder ante sus súplias...
La carta rezaba lo siguiente;
"A mis 76 años de edad es una pena que me haya dado cuenta de esto que me dispongo a transmitir. No soy un hombre culto pues las circunstancias de mi vida no lo han querido así, pero creo que gozo del conocimiento suficiente como para saber a ciencia cierta y estar seguro de que hay tres cosas que no existen en este corrupto lugar llamado mundo; el amor, la confianza y el respeto. Me siento avergonzado al ver cómo se rompen las parejas que antaño se juraron amor eterno, me entra asco al sentirme traicionado por lo que consideraba amigos y me entra pena al ver que una raza tan poderosa como es la nuestra no pueda llevarse bien por el mero hecho de tener la piel diferente o no coincidir con las religiones. Me he quedado mudo ante estas injusticias, ¡y si estás leyendo esta carta será por algo! Yo no puedo hacer nada ahora, mis días se acercan al abismo, pero podríamos intentar todos aportar nuestro granito de arena para hacer del caos que habitamos un lugar mejor. Por otra parte, espero que este documento no acabe en manos de mi hijo, su mente está nublada por el puñetero dinero y sólo sabe hablar de cantidades.
No tengo nada más que decir.
Hasta pronto y espero que recapacites."
La letra torcida de mi abuelo manifestaba enfado e inconformismo. Comprendía su postura a la perfección y entendía lo que decía, pero, ¿qué iba a poder hacer un estudiante como yo en aquellas condiciones?
Eso pensaba al menos cuando rondaba los 19 años, sin embargo, ahora que tengo 30 me encuentro dirigiendo la compañía de mi padre, cuyos fines económicos se redirigieron hacia fines benéficos con la intención de empezar a aportar granitos de arenaa esa pequeña colina conocida como la solidaridad humana, para empezar a hacer de este mundo un lugar mejor.
Gracias abuelo, por abrirme los ojos ante lo único que todavía no había echado un vistazo.
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