lunes, 15 de septiembre de 2014

Mi amiga hasta el fin

Nada más nacer, mis padres me hicieron el regalo más duradero que hubiera tenido jamás; mi mejor amiga. Ellos realmente no querían que ella se encariñara conmigo, pues decían que su compañía era siniestra e intranquila. Yo realmente no los entendía, porque ella era muy amable conmigo; siempre me contaba historias sobre sus incontables viajes, me arropaba las noches de invierno y me enseñaba que debía ser buena persona... Incluso me hablaba en inglés, un idioma que conocía muy bien. ``De tanto ir a Inglaterra de viaje mi nombre ha acabado siendo inglés´´, decía ella. Lo que no comprendía cuando era pequeña era su especial interés por que me cuidara la salud o porque evitara las multitudes así como los lugares peligrosos.
A medida que iba madurando, me concedía más libertad. No era la típica amiga agobiante, sino era la compañía especial que necesitas en ciertos momentos de tu vida. Ella era esa melancolía, esa intranquilidad y esas cosquillas de miedo que a veces sentimos cuando algo nos asusta. Yo no comprendía la razón por la que ella despertaba en las personas estos sentimientos, ni por qué le esquivaban la mirada cuando ella amablemente les sonreía al pasar al lado de amigos y conocidos.
Recuerdo que hubo un momento de mi vida en el que apenas la veía por las tardes, como solía hacer de pequeña, tal vez por la cantidad de horas que pasaba estudiando o por las tardes que también me gustaba dedicarle a mis otros amigos. Aún así, cuando quería pensar algo y compartirlo con alguien, alguien a quien supiera que le iba a interesar, acudía a ella, o ella acudía a mi. Era increíble su capacidad para darse cuenta de que me sentía mal. Solía consolarme con una sencilla frase; ``Las personas son como las estrellas, todas emiten luz, pero algunos destellos son más fuertes que otros y cuando mueren, sólo pueden consumir a las demás estrellas´´. Yo no comprendí esto hasta que no me lo explicaron una vez ingresé en Ingeniería Aeroespacial. Ya por aquel entonces gozaba de mis 18 años, en los cuales había dejado de ver por completo a mi mejor amiga. Cuando se despidió de mi me dijo que me volvería a ver en su momento, llegada la hora, pero que no me preocupara en vivir.
Tampoco entendí eso en su momento. Yo creo que las personas deben recordar todas las cosas que no les encajan, ya que no se sabe en qué momento de la vida ésta te las va a clarificar. Como yo lo memoricé, un día, una de las profesoras a las que yo apreciaba más, se puso enferma, y todos los alumnos decidimos ir a visitarla al hospital. Una vez allí fue sorprendente lo que vi. Al acercarme a la cama en la que mi instructora se encontraba observé cómo mi mejor amiga estaba allí, ante mi y todos mis compañeros de universidad. Acariciaba cariñosamente el pelo a mi pálida profesora, que no parecía encontrarse muy bien. Yo le pregunté a ella que qué hacía allí y por qué no me dijo que la iba a ver pronto. Ella, simplemente me dijo ``Las personas debéis daros a los demás si éstos se sienten mal´´. Dicho esto, me sonrió y besó la frente de mi mustia maestra, que por momentos parecía encontrarse peor. Al instante, una extraña máquina que emitía pitidos y dibujaba pequeñas montañas picudas se volvió histérica, pues dejó de formar relieves y dibujó un valle infinito, y sus pitidos intermitentes pasaron a ser uno sólo, monótono y agudo.
Lo que recuerdo a continuación eran varias enfermeras corriendo a la habitación y apartándonos, así como zarandeando histéricamente a la mujer yacente. Al parecer, se había ido, para no volver jamás. Busqué rápidamente con la mirada a mi amiga, porque de repente me sentí desolada por mi profesora, pero ella ya no estaba... la única persona que realmente me reconfortaba se había marchado...
Al cabo de años, la volví a ver. Esta vez en el funeral de mi abuelo. Cada vez entendía menos la razón por la cual ella sólo me visitaba en ese tipo de momentos, hasta que me tocó a mi.
Con hijos independizados, jubilada y disfrutando de la vida, un día llamaron suavemente a la puerta. Fui a abrirla tan rápido como permitían mis piernas de anciana, y allí me encontré a la que había sido mi mejor amiga. Hacía que no la veía cerca de setenta años, sin embargo, ella no había cambiado en absoluto.
``He venido a por ti, ya es hora de recuperar el tiempo perdido´´.
Aunque no entendí muy bien lo que quería decir, accedí a ir de paseo con ella, aunque fuera de noche y mi marido estuviera acostado. 
Una vez que hubimos llegado al lago de la ciudad, ella me dijo; ``El agua limpia, separa a los viles de los puros y a los malvados de los inocentes... Tu lugar reside en el agua´´.
Una vez dijo aquello, me besó la frente, y de repente noté que mi alma sonreía y decidía darse un baño. Este ente comenzó a nadar y a nadar cada vez más fuertemente, pero cuando volvió la mirada atrás sólo pudo ver no más que el cuerpecito de una anciana tumbado inerte en el paseo del lago, pero no vio a la mejor amiga de la mujer, ya que se percató de que ésta estaba nadando alegre con ella.
De lo último que me acuerdo es de la felicidad extrema, de un calor reconfortante y un lago infinito.
No obstante, yo era una buena amiga, así que dejé que ella conociera a otras personas, y que las llevara también a nadar, como hizo conmigo. Las buenas personas deben ser conocidas.
¡Oh! ¿Que cómo se llamaba? Thade.



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