domingo, 21 de septiembre de 2014

El libro que me faltaba

Para comprender la razón de este relato, recomiendo leer primero una entrada antigua titulada ``La flor que me faltaba´´.
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Desde pronta edad, a mis padres le interesaron los libros, y es por esto por lo que yo, joven espíritu aventurero, me acabé convirtiendo en una lectora empedernida. Los gustos con respecto a la lectura y a la literatura estaban equilibrados; a mi padre le gustaban, principalmente, las novelas históricas y Espronceda; a mi madre le gustaban las novelas de historia egipcia y las que escribía Matilde Asensi, y para ser sincera, no le gustaba la lírica; por último, yo sentía una gran afición por la fantasía y la irrealidad, así como la ciencia ficción literaria y, al igual que mi padre me gustaba Espronceda, así como Pío Baroja, Jorge Manrique y el Soneto XXIII de Garcilaso. Se podría decir que el arte de las letras resplandecía en mi casa en cada esquina... Menos en una.
Un buen día de otoño, le planteé a mi madre la loca idea de transformar el cuarto de invitados en una pequeña biblioteca, y sorprendentemente ellos accedieron para mi alegría. Aquello supuso un movimiento bastante grande de libros para acá y para allá, así como el polvo que levantamos, el cual después nos tocó limpiar.
Una vez el trabajo estuve terminado, me ofrecí voluntaria para colocar los tomos en las diferentes estanterías y ordenarlos alfabéticamente, según el nombre del autor. Cuando llegué a la zona de la P, que coincidía con la esquina de uno de los estantes, me dí cuenta de que me faltaba un tomo para completar una de mis trilogías más apreciadas, ``El Nombre del Viento´´, de Patrick Rothfuss. Entristecida, le pregunté a mis padres si teníamos el libro, para obtener como respuesta un ``no´´ de mi madre que me dejó melancólica, del mismo modo que cuando terminé ``El Árbol de la Ciencia´´.
No obstante, ella me dijo;
-Creo que la madre de ese amigo tuyo... el del instituto... La vi en la librería preguntando por él. Puedes ir a preguntarle.
Se refería a mi preciado amigo Lucas, cuya madre también era aficionada a la lectura.
Ir a preguntarle suponía verle a él, de manera que me encaminé hacia su casa tarareando una alegre melodía.
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Sé lo que estáis pensado. En efecto, sentía amor hacia su persona. ¿Cómo explicarlo? 
El hecho de ser mujer me permitía ser romántica en mis sentimientos, y el hecho de ser persona me ofrecía un amplio espectro de reflexiones y pensamientos que estaban a mi disposición, los cuales yo diferenciaba y seleccionaba. ¿Qué tiene que ver esto, os preguntaréis intrigados? Pues bien, Lucas era una persona especial, diferente, tranquila, amable, serena... Su ser era como la armonía personificada, lo mirabas a los ojos y podías contemplar su transparente alma. Parecía estar extraído de un poema renacentista.
Me encantaba escucharle hablar. Tenía sueños, metas, ambiciones... Me hablaba de cine; sus películas favoritas, sus proyectos personales, los posibles cambios que les haría a algunos filme; me hablaba de amistad, de lucha, respeto y humildad. Era como un libro abierto para mí.
Por otra parte, me disgustaba ver como los demás no querían entenderlo o ignoraban su filosofía de vida. En cierto sentido, lo infravaloraban tanto que me enervaba.
¿Pude disfrutar de haber compartido mi tiempo con él? En efecto, llevábamos toda la vida juntos, pero yo siempre quise que hubiera habido algo más allá de nuestra cercana amistad. ¿Pude haberlo logrado? No, por la sencilla razón de que una persona como él, que me conocía desde que teníamos conciencia, no iba a poder enamorarse de mi. Además, más allá de la lectura y la escritura mis habilidades y destrezas se veían reducidas a... nada.
A pesar de todo aquello, yo aquella tarde quería decirle algo, quería decirle que le quería, desde aquel curso en el que me percaté de lo que realmente sentía hacia el. Me había propuesto dejar atrás la vergüenza y la timidez, de forma que el mero hecho de tener que ir a preguntarle a su madre acerca del tercer libro de mi querida trilogía no fue más que la sonrisa del destino para indicarme que aquel era mi momento. Pero, como siempre le pasaba a los personajes de mis libros, la vida me ofreció su cara más amarga.
Lucas, que se encontraba arreglando el jardín de la entrada de su casa, me vio cuando iba a cruzar la calle para, por fin, encontrarme con él. Desde lejos vi como me sonreía y me saludaba con la mano, así como que se levantaba dispuesto para saludarme con uno de sus tan cálidos abrazos. Desde lejos, el también pudo ver en directo como aquel conductor irresponsable me arrollaba aún estando el semáforo en verde para los peatones...
Lo siguiente que recuerdo eran los gritos de las personas pidiendo auxilio por aquella niña atropellada, la cercanía de Lucas (que vino para intentar ayudarme en vano) y por último, sus lágrimas desesperadas bañando mi rostro. 
Resulta que el también me quería de una forma especial, pues cuando decidí abandonar mi cuerpo mortal, ya desecho, me acerqué su oído y le susurré una canción de despedida, que terminaba con un `Hasta Luego´´. De lo que él no se dio cuenta fue que me ese acercamiento que tuve hacia su cuerpo mortal, le besé. Fui a extenderle la mano, pero había fuerzas que me lo impedían, de forma que tuve que abandonarlo... pero no para siempre.
Es curioso como da vueltas la vida, puesto que al cabo de un año, su familia resultó ser atracada en su domicilio, llevándose la vida de todos los miembros de la misma.
Cuando el alma de Lucas me vio, después de aquel año, no pudo más que sonreír y llorar de alegría. 
-Te estaba esperando - le dije con lágrimas en el rostro.
Puede que mi apreciada sala de lectura no se hubiera completado, pero aquello pertenecía al pasado, en el cual, Lucas no estaba.
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