domingo, 18 de enero de 2015

La Sencilla Perfección

Mi mujer, de rostro pálido y piel delicada, es el mayor tesoro que jamás ha podido encontrar este humilde arqueólogo de vocación pasional. Su armoniosa y suave textura era más placentera que encontrar el más preciado de los restos de una civilización yaciente. Su sonrisa, la alegría bailando en sus delicadas perlas de marfil, que se reflejaba en el brillo de sus ojos caoba, eran los más parecido al paraíso que jamás había visto. Su boca de fresa... cuán certero estuvo Rubén Darío al describir a una princesa utópica de un mundo fantástico, que decidió reencarnarse en el humilde y caduco cuerpo de un ser humano mortal. 

Ah... inmundo destino que de mis penas haces alarde y de mis llantos, dulce melodía sonora para tus sordos oídos egocéntricos. Sólo tu conoces el pesar de un alma vieja que llora de melancólica nostalgia, en un sucio rincón de aquella lúgubre alcoba que mi mujer y yo usábamos a modo de rincón secreto, donde los sueños y las ilusiones se enrevesaban en un entrecruzado patrón de risas, llantos y abrazos. No tuviste en cuenta esto, mal destino de los entristecidos hombres, pues el yugo de tu maldad dejaste caer ante mí con toda tu fuerza.

Aquella tarde en la que ella fue a buscar frascos para mis restos, los hallados y los míos venideros, un bellaco la encontró desprotegida y la forzó a satisfacerlo, dejando como souvenir los fragmentos de su bella esencia física, y a esta maltrecha y pútrida alma. ¿Pensaste, tal vez, que yo, arqueólogo de vocación pasional, iba a ansiar exhibir a mi mujer como uno de mis grandes logros?

Cuán equivocada llega a veces a estar la razón humana, pues ella merecía vivir hasta ver incontables amaneceres desde nuestro hogar, mientras la luz del Sol bañaba cada día una piel que iría apergaminándose con el paso del tiempo, pero no por ello perdiendo belleza.

Desde mi lejano infierno te escribo, querida, para transmitirte que, aunque hayan pasado dos años desde el suceso, todavía te siento como cuando me despertabas por las mañanas con tu sencillo ``bienvenido de nuevo´´.

Pues no hay nada que rebose de más vida que la añoranza de un arqueólogo de vocación pasional cuyo compañero de viaje fue extirpado años atrás.

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