Mi mujer, de
rostro pálido y piel delicada, es el mayor tesoro que jamás ha podido encontrar
este humilde arqueólogo de vocación pasional. Su armoniosa y suave textura era
más placentera que encontrar el más preciado de los restos de una civilización
yaciente. Su sonrisa, la alegría bailando en sus delicadas perlas de marfil,
que se reflejaba en el brillo de sus ojos caoba, eran los más parecido al
paraíso que jamás había visto. Su boca de fresa... cuán certero estuvo
Rubén Darío al describir a una princesa utópica de un mundo fantástico, que
decidió reencarnarse en el humilde y caduco cuerpo de un ser humano
mortal.
Ah... inmundo
destino que de mis penas haces alarde y de mis llantos, dulce melodía sonora
para tus sordos oídos egocéntricos. Sólo tu conoces el pesar de un alma vieja
que llora de melancólica nostalgia, en un sucio rincón de aquella lúgubre
alcoba que mi mujer y yo usábamos a modo de rincón secreto, donde los sueños y
las ilusiones se enrevesaban en un entrecruzado patrón de risas, llantos y
abrazos. No tuviste en cuenta esto, mal destino de los entristecidos hombres,
pues el yugo de tu maldad dejaste caer ante mí con toda tu fuerza.
Aquella
tarde en la que ella fue a buscar frascos para mis restos, los hallados y los
míos venideros, un bellaco la encontró desprotegida y la forzó a satisfacerlo,
dejando como souvenir los fragmentos de su bella esencia física, y a esta
maltrecha y pútrida alma. ¿Pensaste, tal vez, que yo, arqueólogo de vocación
pasional, iba a ansiar exhibir a mi mujer como uno de mis grandes logros?
Cuán
equivocada llega a veces a estar la razón humana, pues ella merecía vivir hasta
ver incontables amaneceres desde nuestro hogar, mientras la luz del Sol bañaba
cada día una piel que iría apergaminándose con el paso del tiempo, pero no por
ello perdiendo belleza.
Desde mi
lejano infierno te escribo, querida, para transmitirte que, aunque hayan pasado
dos años desde el suceso, todavía te siento como cuando me despertabas por las
mañanas con tu sencillo ``bienvenido de nuevo´´.
Pues no hay
nada que rebose de más vida que la añoranza de un arqueólogo de vocación
pasional cuyo compañero de viaje fue extirpado años atrás.
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