No estoy aquí.
Mi mente se encuentra navegando entre mares de cruel desconcierto en busca de un remedio para el pesado malestar de mi alma. Sentimientos de frustración, agonía, miedo y dolor se apoderan de mi alma haciéndola prisionera de una danza de oscuro pesar. Ya ni la propia fuente de la vida, la literatura, me sacian el espíritu; ya ni los más reconfortantes relatos de vidas me calman el ángel entristecido de mi interior.
Yo buscaba, anhelaba y perseguía un estilo esbelto pero no por ello barroco, un estilo sencillo pero no vulgar con el que poder expresar los desamparados rincones de mi maltrecha persona. Pretendía encontrar una vía de escape para esos ratos de insufrible dolor físico y emocional. Pero el mismo argot me rechazó, la literatura a la que tantos años le había dedicado.
Recuero levemente mi infancia.
Ésta consistía en levantarse por la mañana para ir al colegio, pasar allí el día, y por la tarde regresar al hogar mientras le contaba a mi querida madre las anécdotas más divertidas de la jornada. Después, una vez en casa, le daba las gracias a la vida por poder disfrutar de uno de los riquísimos platos que mi madre preparaba, para después, correr feliz y exuberante de alegría a hacer los deberes y después ponerme a leer. Eran buenos tiempos, tiempos en los que ni había perdido la ilusión por levantarme temprano ni mi amiga la lectura me dejaba de lado. Por eso decidí embarcarme en el peligroso camino de la escritura. Como veis, desde pronta edad me empezó a interesar la literatura, y comencé a escribir lo que para mi eran grandes novelas dignas de ser leídas por los lectores más compulsivos. Ahora, releo esos pequeños párrafos para reírme un poco y contemplar, orgullosa, mi marcada vocación desde tan joven.
El tiempo vuela como las aves cuando migran, y cuando me percaté de la realidad ya había cumplido 18 años y me encontraba sumergida en un ambicioso proyecto de formación profesional; la Universidad. Como devoradora de libros y joven escritora que me había sentido siempre, ésto me llevó a interesarme por otro tipo de lectura, desembocando en largas tardes leyendo artículos sobre nuevos avances médicos y proyectos científicos. Había logrado encontrar otra vocación de mi persona que, lejos de suplir a la primera, llenaba de gozo mi alma... Quién podría saber que me quitaría hasta las ganas de vivir.
Tuve que abandonarla, tuve que decirle adiós, para siempre, a la única que me había acompañado a lo largo de toda mi vida.
Mi querida vocación escritora, te echo de menos. Desde mi madurez miro al pasado y observo desencantada como por haber tomado la decisión que me decía el corazón tuve que dejarte atrás. Ya no recuerdo aquellas tardes sentada frente a una página en blanco, aquellos días en los que nada más amanecer aprovechaba la luz del sol para leer un buen libro, aquellos momentos en los que escuchaba decir a mis padres ``Nuestra hija es una joven escritora´´...
Fue precisamente por presumir de un buen oído por lo que escuché a los mismos postular ``No veo a nuestra hija sonreír´´, pues bien sabían ellos que había perdido las fuerzas en la batalla que todos los estudiantes debían afrontar para alcanzar sus sueños. Y no os engañéis, pues no hay mayor derrota que la de dejarse llevar por los acontecimientos.
Llena de pena, envidio a los escritores noveles capaces de sobrellevar trabajo y afición, pues las personas como yo nunca verán un libro con su nombre en la portada, cogiendo polvo en las estanterías de una librería, sin embargo, los suyos ya lo están.
Me despido solemnemente de la literatura, para decirle que siempre la llevaré conmigo en el recuerdo, pues los escritores frustrados deben volver a sus ocupaciones.
Tuve que abandonarla, tuve que decirle adiós, para siempre, a la única que me había acompañado a lo largo de toda mi vida.
Mi querida vocación escritora, te echo de menos. Desde mi madurez miro al pasado y observo desencantada como por haber tomado la decisión que me decía el corazón tuve que dejarte atrás. Ya no recuerdo aquellas tardes sentada frente a una página en blanco, aquellos días en los que nada más amanecer aprovechaba la luz del sol para leer un buen libro, aquellos momentos en los que escuchaba decir a mis padres ``Nuestra hija es una joven escritora´´...
Fue precisamente por presumir de un buen oído por lo que escuché a los mismos postular ``No veo a nuestra hija sonreír´´, pues bien sabían ellos que había perdido las fuerzas en la batalla que todos los estudiantes debían afrontar para alcanzar sus sueños. Y no os engañéis, pues no hay mayor derrota que la de dejarse llevar por los acontecimientos.
Llena de pena, envidio a los escritores noveles capaces de sobrellevar trabajo y afición, pues las personas como yo nunca verán un libro con su nombre en la portada, cogiendo polvo en las estanterías de una librería, sin embargo, los suyos ya lo están.
Me despido solemnemente de la literatura, para decirle que siempre la llevaré conmigo en el recuerdo, pues los escritores frustrados deben volver a sus ocupaciones.
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