lunes, 27 de abril de 2015

Medicina - Literatura

A lo largo de toda mi carrera profesional, me he ido dando cuenta de la relación existente entre determinadas carreras universitarias con el tipo de estudiantes que pretenden acceder a ellas, la cual es casi tan certera como las Leyes Naturales que me dedico a impartir en mi asignatura. La mayoría de mis alumnos que accedían al Grado de Magisterio eran personas alegres, dinámicas, rebosantes de vida, que querían transmitir este sentimiento a niños pequeños. Los pocos estudiantes que acabaron en Ingeniería eran metódicos, realistas y muy trabajadores, y tenían gustos bastante peculiares (solían llevar camisetas con chistes informáticos escritas en ella; yo nunca los entendí). Los que estudiaron carreras como Derecho o Economía eran seres reivindicativos, luchadores, de marcado ímpetu de cambios; siempre pensé que acabarían siendo buenos políticos.
Sin embargo, tenía un alumno, sólo uno, que no encajaba con este patrón de alumno-carrera que yo me había creado a lo largo del tiempo. Ya no recuerdo su nombre, pues han pasado muchos años, los suficientes para que yo me haya jubilado y disponga del tiempo necesario como para dedicarme a uno de mis grandes hobbies, la escritura.
Era un varón, moreno, bastante alto y unas gafas de gruesa pasta ocultaban sus ojos oscuros. Estuvo en el instituto en el que yo trabajaba desde la secundaria, y finalizó sus estudios preuniversitarios con nosotros. Él era un chico especial; no solía relacionarse con sus compañeros a menos que no fuera estrictamente necesario, a diferencia del resto de mis alumnos, él hacía tarea en los cambios de clase y lo que me llamaba especialmente la atención era que, a pesar de cursar una enseñanza orientada a las ciencias, amaba la lectura. Cabe decir que la asignatura que yo impartía era Geografía, pero en determinados cursos del instituto,también daba literatura.
Siempre quise poder mantener largas conversaciones con mi alumno sobre los relatos que el escribía, o sobre aquel libro que recomendé en clase y sólo él optó por leer, o sobre por qué la pasta de los libros de bolsillo son siempre blandas...Sin embargo, debido a mi ajetreado trabajo como profesora y a su escaso tiempo libre, las charlas con mi alumno quedaron reducidas a escasos minutos al final de las horas de clase. Siempre las eché en falta, y nunca las pude tener.
Mi gran sorpresa vino cuando el día de la graduación, al imponerle la beca de antiguo alumno, le preguntaron qué quería estudiar, una vez hecha la selectividad. Él contestó lo que yo, en mi fuero interno me imaginaba; ``medicina´´. No podía ser de otro modo.
Si bien empecé comentando al principio de esta narración la relación existente entre determinados alumnos y los grados universitarios que estudian, Carlos (así se llamaba) era la excepción que confirmaba la regla. Un grado tan duro no podía ser afrontado por un cualquiera, una carrera de semejante índole exigía que los que la estudiaban fueras personas luchadoras y constantes en su trabajo, y no conocía a alguien tan adecuado para ello como Carlos.
No obstante, ahí no terminan las sorpresas pues bien es cierto que una vez que entró a formar parte de la Facultad de Medicina de la ciudad más cercana, a los dos años publicó su primer libro. Yo me alegré tanto como si de mi hijo se tratara, pues también desconocía su faceta de escritor. De hecho, estuve en la librería el día de la publicación, pero no me vio, lo que nuevamente me causó hondo pesar al no haberle podido dar personalmente la enhorabuena.
Sin embargo, la vida siempre me tuvo guardada una pequeña sorpresa en cada etapa de la misma, y hace pocos días, cuando refunfuñaba por haber conseguido la última hora para el médico (antes siempre resultaba imposible), desconocía que mi doctor estaba de baja porque su mujer iba a ser madre y el sustituto se trataba, nada más y nada menos, que de mi predilecto alumno Carlos.
Cuando me vio entrar por la puerta rápidamente se levantó y me abrazó mientras decía ``¡Cuánto tiempo sin verla, Profesora!´´. Era curiosos como, aún estando jubilada, para el seguía siendo ``su profesora´´. De esta forma, además de transmitirle los males que me había hecho ir a la consulta, aprovechamos para charlar un poco, no sólo sobre su libro, sino sobre los otros cinco que al parecer ya había escrito.
Desconozco el tiempo que estuve hablando con él, pero claro, era la última hora, así que no molestábamos a nadie. Por fin había podido mantener aquella larga conversación a la que tanto aspiraba.
Al volver a mi casa y tras explicarle a mi marido el motivo de mi tardanza, retomé el cuaderno de clase que solía utilizar en la época en la que Carlos estuvo con nosotros, y accedí a la sección ``Alumno-Carrera´´ y establecí una nueva relación la cual, en los años venideros, me percaté que había acertado:
``Medicina-Literatura´´.

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