Hoy, he vuelto a ver a mi hija llorar. Es un llanto cansado, que refleja agotamiento, físico y psicológico. Tengo la sensación que la deslumbrante luz de su alma se está apagando como una vela marchita de ilusiones rotas y sueños vacíos. Lleva así unos pocos de meses, pero desde hace dos, esta escena se repite casi a diario. No puedo dar crédito a lo que ven mis ojos, como el sistema ha devorado a una buena alumna, rebosante de ganas de vivir y ganas de alcanzar sus metas, como han enterrado sus ansias por el aprendizaje, como han derrotado a aquel ser curioso y de naturaleza indagadora que vivía en su cuerpo. Ella ahora no es más que un paño de lágrimas, ojeras y un cansancio exagerado.
Lleva más de cinco días ingresada, y yo estoy aquí con ella, cuidándola, sumándome al trabajo de las enfermeras y doctores del hospital. Es curioso como ella supo cuál era su fin, su sino. Anunciaba, cabizbaja ``Si no es el curso el que me lleve por delante, lo hará la falta de horas de sueño´´. Ella también solía decir que nunca se equivocaba en sus pronósticos y esta ocasión era una muestra más de su ingenio.
Diagnosticada con depresión, mi hija pasaba ratos contemplando el vacío, admirando la nada, y cuando le preguntaba qué miraba ella simplemente contestaba ``Sólo pienso en lo que me estoy perdiendo este curso´´. Así fue como vi morir el espíritu de una chica de intensas ganas de vivir, hasta llegar a esto. Tras el desarrollo de su evidente depresión, el psicólogo al que acudimos le obligó a dejar el instituto, lo que fue acompañado de crisis nerviosas, desgarros emocionales y el actual ingreso en el hospital, debido a un desmallo causado por un problema que el estrés produjo en su sabio cerebro. Haciendo gala de tener migraña, depresión así como complicadas y peligrosas crisis nerviosas, ella sigue ahí, en la cama de la habitación del hospital, estudiando, pues lo que siempre ha tenido claro es que su sueño lo quería alcanzar a cualquier precio.
``Quiero cuidar a la gente, mamá ´´, sentenció hace ya bastante tiempo. Su objetivo era, pues, estudiar lo máximo posible para poder estudiar una carrera superior de salud. Una vez alcanzado aquello, ella sería feliz, pero lo que me planteaba yo era si realmente no sería peor aquello que estudiar cualquier otra cosa. ``Una persona que se vaya a dedicar a ayudar a otras no tiene por qué sufrir tanto´´, pensaba yo, a menudo. Sin embargo, allí estaba mi hija, cadavérica, mimetizada con las sábanas hospitalarias, consumida por el esfuerzo, entristecida por su propio pesar, pero sobre todo, entristecida porque sabía que su sueño quedaba ya lejos.
Y yo todos los días me pregunto ``¿Qué ha hecho mi hija para merecer esto?´´, y también yo me contesto; ``Ella sólo quiso cambiar el mundo´´.
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