Os voy a contar la historia de una gran amiga, una persona digna de mención, de gran corazón... Ella era un ángel con mano de hierro.
La conocí en su pronta juventud, cuando todavía se ruborizaba cuando le echaban algún cumplido, cuando siempre mantenía una sonrisa... Joyce siempre había sido una chica optimista, alegre y simpática. Desde un primer momento me llamó la atención su personalidad; ella era la única mujer que conocí que me omprendía, con la que se podía de hablar de casi todo. Fue de forma extraña como yo la conocí, pues amiga de amigos, nunca elevaba su palabra más de la cuenta para darse a notar, sin embargo, cuando dejaba fluir sus opiniones a través de sus rosados labios, todos callaban y la escuchaban atentamente. Joyce siempre había aspirado a elevadas pretensiones, por eso todos sus amigos decían que ella estaba constantemente intentando aprender a volar.
Nunca comprendí como tal enjambre de aparentemente opuestas peculiaridades podían resumirse en un conjunto tan armónico como era el de Joyce. Joven de aparente serenidad, su cabeza era un tumulto de ideas enfrentadas, que, sin embargo, no la consumían. Dura y un tanto agresiva a veces, pero no por ello una persona sin sentimientos, ella siempre mostraba tener un carácter rígido como los mechones de pelo que conformaban su cabello, un carácter que a cualquier persona le costaría descifrar.
Sin embargo, yo lo logré.
Llena de ambiciones y deseos inalcanzables, Joyce se frustraba siempre que no podía lograr cualquier reto que se propusiera. Recuerdo que un día, entre un mar de lágrimas, balbuceaba ``¡Pero si no puedo hacer más que estudiar y leer, ¿qué me queda?!´´. Yo quise decirle que su alma brillaba por la de tres de sus amigos, que sus ojos eran capaces de amansar a cualquier bestia, que su personalidad enamoraba a cualquiera, que sus gustos eran tan singulares que nunca encontraría a nadie más en la Tierra igual, que su esfuerzo era equiparable al de los dioses griegos y que ella era la única persona que si tenía un rasgo que la definiera particularmente, era la singularidad. Sin embargo, la vergüenza siempre me vencía y no podía hacer más que dejarla desahogarse en mi hombro, mientras me abrazaba y me prometía que nunca se iría de mi vera. Yo la quería como nunca antes había querido a nadie, pero, no me culpéis, ¿quién no podría resistirse al dulce fruto de la bondad y la belleza?
Ella era como mi protegida pues no quería que a una persona tan enigmática y valiosa sucumbiera a los atractivos pero traicioneros placeres de la vida cotidiana. Yo le acariciaba el pelo, ella me sonreía y me daba un cordial abrazo. Joyce conocía mis sentimienos, pero ella no se ponía ataduras. Una persona que quiere aprender a volar debe de librarse de todo aquello que la ate a la tierra, al mundo de los mediocres.
Fue, quizás por eso, por lo que el día que se graduó en la universidad (yo llevaba varios años trabajando) se despidió de mi regalándome una pluma, blanca, inmaculada y ligera, como ella. Me hizo cosquillas con la pluma, en la nariz, para después abrazarme y decirme ``Hay una cosa que necesito darte´´. Dicho esto, me miró sonriente a los ojos, mientras deslizaba suavemente sus ojos hacia mis labios.

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